Mientras la tarde ya se colocaba más fresca, aproveché la terapia del regar en el patio de la casa de mi hermana.
Instalé la manguera, observé antes los árboles en cuanto a su estado (diferente o igual), el cómo lo había dejado la última vez que le proporcioné agua. Tome esta sugerencia ya que las plantas o árboles manifiestan cambios (lentos) que son perceptibles al ojo humano. Saqué papeles, colillas de cigarro (esta última a la madre tierra le cuesta muchos años convertirla para bien de ella) y tapas plásticas (estas las puede juntar y vender para hacer de ellas juegos infantiles que encontramos en varias plazoletas de nuestra ciudad).
Mientras regaba de manera asperjada, los vecinos y vecinas aprovechaban de conversar conmigo (es necesario algún momento del día dedicarlo al ocio o intercambio de ideas y no necesariamente bebiendo alcohol, para echarle la culpa al calor).
Mi sobrina de tres años y diez meses miraba los “chanchitos de tierra” y se reía con ellos (hay la risa que terapia más linda para detener el avance del cáncer).
Corte el agua, tomé un palo largo (puede ser un trozo de fierro con punta) y me dediqué a darle oxígeno directo a la raíz haciendo 3 ó 4 perforaciones con el objeto.
Después tomé un piso y me dediqué a cosechar ciruelas.
Aquí puse varias veces mis brazos entre las ramas y me acordé de mi viaje a China, en el parque Tian Tán (Beijing), cuando observé a un anciano apoyando su pecho al tronco de un árbol y la guía me dijo que estaba sacando la energía del árbol. Proceso relajante además de regar.
Coseché alrededor de un kilo y medio de fruta fresca y ahora ya estoy disfrutando su jugo y su fibra, los cuales me traerán beneficios intestinales y a mi cuerpo en general.
Anímense a realizarlo con cualquier fruta de la estación y de regar por supuesto.


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