Me parece que la frase está incompleta.
Cuando ya nacemos, nos enseñan a comer, controlar esfínter, caminar, leer, escribir, operaciones matemáticas y otros.
Si la familia tiene un ser superior en quien confiar, alabar, pedir perdón, rogar y/o agradecer, comenzarán a practicar con esta nueva personita aquellos caracteres que identifican a la familia. Le llamo a esta parte “alimentando el Espíritu” (tema que abordaré en otro artículo).
Ya crecidos, tenemos algo claro: nuestro cerebro está ahí para usarlo y, bueno, ingresaré a una entidad superior a estudiar. Su familia, si tiene los recursos económicos, le apoyará (sin plata también se puede aprender –esto es tema para otro artículo). Esta persona con 18,19 ó 20 años comienza a estudiar. Todavía no tiene muy claro o no sabe que debemos alimentar la mente al igual que nuestro cuerpo y nuestro Espíritu.
Al inicio de esta semana (segunda semana de enero 2008), estaba conversando con una psicóloga y me preguntó: ¿“que hay para comer o beber cuando una mujer tiene algo en su rostro y se pueda disolver?” Le indiqué dos cosas y luego le pedí que me dijera el nombre de aquella persona. Me lo dijo y luego me dediqué a mirar su mano derecha.
Le fui indicando algunas características físicas (4), emocionales (2) y una de índole laboral. La señora, que ya sabe algo de mis características personales, solo atinó a decir: “¡qué interesante lo que se puede hacer con la mente!”
Más tarde y durante el trayecto a un domicilio donde debía atender a una familia, me encontré con una mujer joven que me consultó lo que debía hacer su mamá con su columna, le indiqué dos situaciones concretas que debía realizar y luego le dije que la podía ayudar a distancia. Ella manifestó ¿cómo se hace eso? Y le respondí: Nosotros estamos acostumbrados a alimentar nuestro cuerpo, pero nos olvidamos de nuestra mente y nuestro Espíritu. Con la mente se pueden hacer maravillas (les recuerdo un artículo anterior que escribí con el título “Telepatía, intuición y visualización: tres elementos necesarios para el siglo XXI”).
Vamos ahora a los actos concretos que podemos realizar para ir alimentando nuestra mente:
- Leer libros de variados autores.
- Leer la Biblia, el Corán, etc.
- Escuchar charlas y/o conferencias.
- Participar en seminarios y congresos afines a tus intereses.
- Dialogar con pescadores, campesinos y artesanos.
- Dialogar con personas de origen indígena.
- Dialogar con los abuelos y abuelas.
- Conocer nuestro árbol genealógico.
- Darle órdenes a tu cerebro para que trabaje mejor en ciertos órganos que tú quieres o deseas.
- Escucha a tu cuerpo u obsérvalo cómo está reaccionando en ese momento.
- Cierra tus ojos y obsérvate desde fuera cómo estás en aquel lugar.
- Piensa de manera positiva todo el día.
- Cierra los ojos y anda a ver a una persona que está en otra parte de la ciudad o país.
- Estas propuestas trata de realizarlas de manera personal y en silencio por varias semanas y meses, cuando observes que te están sucediendo hechos que ya realizaste con tu mente, recién puedes comentarlas con alguien cercano.
Me atrevo a escribirlas aquí pues vengo practicando desde noviembre de 1992.


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