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El miedo hay que enfrentarlo.

Enviado por Jaime Sepulveda el 15/11/2007 a las 08:46 PM

Visitando una familia hace muy poco tiempo, me consultaban el cómo se debía tratar el miedo a…De ahí que me naciera escribir este artículo hoy.

En la década de los noventa, me invitaron a un hogar. Fue una visita realizada a una familia, donde directamente me tocó enfrentar el miedo. Fui invitado a realizar oraciones por aquel grupo familiar. Los ingredientes que me despertaron el miedo fueron: se rompieron unos platos, se apagaron unas velas, la persona que “dirigía la oración” no se atrevió a realizarla en una sección de la casa y me pidió que lo hiciera yo. Dos elementos me aparecieron aquí: lo que escuchaba y lo que veía. Pues bien, me dirigí a la pieza aquella, ingresé, sentí mucho frío, la cama donde me senté estaba incómoda, la sentía molesta y parecía que me echaban cubos de hielo con agua por la espalda. Tenía dos posibilidades: enfrentarlo o arrancar. La dueña de casa me había invitado para ayudarla y me dije: “quédate, haces falta aquí, por algo te invitaron”.

 

Entonces me puse a controlar mi respiración, a relajarme, a observar (con mis ojos) lo que sucedía alrededor mío (en ese entonces no veía nada más allá), a escuchar y a orar (sentí que esto fue lo más que me ayudó), aunque los primeros pasos fueron importantes que los hiciera.

El miedo se presenta a través de los ojos y los oídos, son algo inesperado (porque aparecen de repente) o creados (la capacidad de nuestra mente es hacer que los miedos afloren por recuerdos, olores, situaciones vividas).

 

Leyendo a los doctores Héctor Martínez y Eugenio Gutiérrez, en su libro “Neuroanatomía del miedo”, que tenemos un órgano en nuestro cerebro que se llama amígdala que tiene como función principal, procesar las emociones que involucran experiencias y sentimientos como el miedo, el dolor, etc. al igual que nuestras conductas que se manifiestan de manera privada o pública.

Cuando aparece el miedo, nuestro cuerpo lo manifiesta con frecuencia cardiaca aumentada, al igual que la presión arterial y la respiratoria.

Hoy día hay papás que les da miedo “rayar la cancha” frente a sus hijos. Años atrás la mamá colocaba las reglas en el hogar, algunos(as) hijos(as) decían: ¡va! Me voy de la casa o “no me dejan hacer lo que yo quiero”. Los hijos se molestaban, se enojaban y, luego de un rato, se volvían donde la mamá diciendo: “tienes razón”.

El miedo paraliza a algunas personas y no las deja avanzar en sus objetivos de familia o profesionales, se quedan quietos, inmóviles, no se atreven a realizar lo sentido, lo pensado y a veces lo hablado.      

 

Me parece interesante, volver a repetir lo que escribí anteriormente, pero ahora como sugerencias para enfrentar los miedos:

  1. Escuchar bastante antes de hablar.
  2. Ver u observar lo que ocurre en mi entorno.
  3. Poner en movimiento mis capacidades sentimentales, espirituales, intelectuales, etc.
  4. Escribir el nombre de las personas y/o cosas que me producen miedo.
  5. Hablar sobre el tema con alguien.
  6. Una respiración calmada (seguir el ritmo de nuestro cuerpo sin exageraciones).
  7. Tomar agua (dos vasos cada una hora o bien 2,5 a 3 litros de agua diario). Te recuerdo que este vital alimento es importante para eliminar toxinas que influyen en nuestro ánimo o actuar a diario.
  8. Consumir alimentos ricos en vitamina B6, que ayuda a producir anticuerpos: vegetales, melón, etc.
  9. El almidón que está en el trigo, el arroz, las legumbres y las papas.
  10. Frutas secas.
  11. Le animo a reír, bailar y aplaudir. Así elevamos nuestras vibraciones internas y estamos mejor preparados para enfrentar nuestros miedos.
  12. Haga momentos de oración y/o meditaciones.

Las siguientes experiencias me las comunica para que otros aprendamos de las suyas.

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Ocupados en iluminar.

Enviado por el 15/11/2007 a las 11:13 PM
Jaime Sepulveda
En la parte mas elevada de un faro se encontraba el guardafaro.
Allí tenía su vivienda. Toda su vida se desarrollaba a ese único ambiente. Y al ver esa forma de vida tan monótona, un visitante le pregunto al hombre: “¿No se cansa usted de su trabajo, ni le da miedo vivir en esta soledad?
Y el guardafaro contesto: “No, no tengo miedo de vivir aquí en el faro, porque se que sobre esta roca estoy completamente seguro. Y cansarme tampoco, porque ni tengo tiempo para pensar en mi mismo.  Continuamente debo velar para mantener encendida la luz, a fin de que los barcos puedan navegar sin peligro”.
En estas palabras encontramos la mejor formula para combatir el cansancio de la rutina y para darle sentido a la vida. Cuando estamos ocupados en iluminar, estimular y beneficiar a otros, desaparecen el temor y el cansancio del alma. Encontramos una razón superior para vivir (Adhemar Cuéllar ).

Jaimeviajero.






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